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Inspiration: Morrie Schwartz

 

 

A continuación hay un artículo que escribí para el Free Press de Detroit poco después de la muerte de Morrie en 1995   «MAESTRO HASTA EL FIN»: EN SU LUCHA CONTRA UNA ENFERMEDAD MORTAL, UN PROFESOR SE SIRVE DE LA MUERTE PARA ENSEÑARNOS A VIVIR   Detroit Free Press   12 de noviembre de 1995   BOSTON – «Lo peor de morirte de esta manera –dijo–, era que no podía bailar». A Morrie le encantaba bailar. Durante años asistió a un salón parroquial situado no muy lejos de Harvard Square donde, una vez a la semana, ponían música a todo volumen y abrían la puerta a todo el mundo, donde bailabas como querías y con quien querías. Morrie bailaba solo. Bailaba el shimmy y el foxtrot, bailaba desde danzas antiguas hasta moderna música rock. Cerraba los ojos y seguía el ritmo, dando vueltas y palmadas. Allí, entre los estudiantes universitarios, aquel anciano de ojos chispeantes y fino cabello blanco sacudía su cuerpo hasta que la camiseta se le empapaba de sudor. Era un respetado profesor de sociología con esposa y dos hijos. Había escrito libros. Había dado conferencias por todas partes. Sin embargo, aquellas noches, bailaba solo como un niño náufrago. No le daba vergüenza. Él nunca se avergonzaba. Para él, todo aquello era una especie de viaje introspectivo.   No sería el último que haría.   El baile se acabó para Morrie Schwartz en sus últimos años, al igual que casi todas las demás actividades físicas: conducir, caminar, nadar, ir al baño, incluso enjugarse las lágrimas de los ojos. Contrajo la enfermedad de Lou Gehrig, una dolencia mortal que te quita la vida a pedazos de la misma manera en que un jugador retira las cartas de la mesa de blackjack. Los nervios se mueren, los músculos se quedan flácidos. Los brazos y las piernas se vuelven inútiles. Incluso tragar resulta arduo. Al final, lo único que permanece intacto es tu mente. Para la mayoría de las personas es más una maldición que una bendición. Para la mayoría. —Mi enfermedad —dijo Morrie una vez, tumbado en la silla de su estudio en West Newton (Massachusetts)— es la muerte más horrible y la más maravillosa. Horrible porque… bueno, mírame —bajó la vista y miró su cuerpo consumido y desmadejado—, pero maravillosa por todo el tiempo que me da para despedirme. Y para entender adónde voy a ir después. —¿Y adónde va a ser? —le preguntaron. Él sonrió ampliamente como un geniecillo. —Ya te lo haré saber.   El arte de morir Ésta es la historia de un hombre pequeño y valiente sentenciado a muerte que decidió, antes que retirarse, llevar a todo el mundo con él hasta el último escalón, descender al oscuro sótano, volver la cabeza y gritarnos por encima del hombro por qué no debíamos tener miedo. Al principio fue una decisión tomada pensando en sus allegados, su esposa, sus hijos, sus colegas de la Universidad de Brandeis y sus alumnos. No quería que lo rechazaran, ni que se compadecieran de él. De modo que transformó su horror en algo familiar. Dio su última clase cuando se estaba muriendo. Escribió todos los días, mientras todavía fue capaz de utilizar las manos, hasta que tuvo 75 reflexiones sobre la aceptación de una enfermedad mortal. Las enseñó en las clases y los grupos de debate que se aglomeraban en su casa. Hablaba de aceptar la muerte como parte de la naturaleza, de mantener la calma, de utilizar la muerte como la lección suprema. —Aprende a morir —dijo— y aprenderás a vivir. Antes de que todo terminara, su mensaje se difundió desde aquella tranquila casa de las afueras de Boston hasta los confines del mundo televisivo gracias en gran parte a tres apariciones en el programa Nightline de Ted Koppel, en la ABC. Koppel, como la mayoría de las visitas, conoció un día a Morrie y se entusiasmó con él. Tras la emisión de los programas, los espectadores inundaron a Morrie con cartas y hubo algunas personas que incluso cruzaron el océano en avión para pasar unos minutos a su lado. A medida que se iba aproximando la muerte y él pasaba del andador a la silla de ruedas y a comer con una pajita, algunos empezaron a verlo como a un místico, como a un puente humano entre este mundo y el próximo. Otros simplemente se sentían reconfortados por su sonrisa ante nuestra peor pesadilla. Sus días en la tierra se iban reduciendo, al tiempo que aumentaba su influencia. Influyó en mí. Pero claro, siempre lo había hecho.   Julio   Mi colega mentor   —Toma un bollo. Empujó el plato por la mesa con torpeza, pues sus dedos se movían con vacilación, como los de un autómata al que le quedara poca batería. Conocí a Morrie Schwartz antes de que se pusiera enfermo. Era mi profesor favorito en la universidad, mi mentor, mi amigo. Durante los cuatro años que estuve en Brandeis en la década de 1970, pasé innumerables horas en su clase o en su despacho. —¿Qué vas a hacer con tu vida? —me preguntó. —Voy a ser músico —contesté. —Estupendo. Bien. Sin embargo, hagas lo que hagas, sé todo lo humano que puedas. No pierdas nunca tu humanidad. No seas como muchos de tus compañeros. Lo único que quieren es hacerse ricos. Se estremeció al pensarlo. Morrie Schwartz, un profesor dulce y pícaro que vestía jerséis de cuello alto amarillos, pantalones de pana y zapatos Rockport –su sentido de la moda era inexistente–, daba clases de sociología en Brandeis desde 1959. Sus lecciones versaban sobre la salud mental –era coautor de un libro que supuso un adelanto importante en dicho campo–, sobre las relaciones humanas y, más adelante, sobre la amenaza nuclear. Era uno de esos profesores para los que la década de 1960 era la idea adecuada. Amaba la libertad de expresión; odiaba la codicia y la guerra. Una vez, durante la época de la guerra de Vietnam, puso sobresaliente a todos sus alumnos para evitar que los reclutaran. Morrie me enseñó de la misma manera en que enseñó a cientos de universitarios confusos durante sus casi cuatro décadas dedicado a la docencia, haciendo de consejero, filósofo y padre sustituto. Me matriculé en todas las clases que dio. Hice mi tesis con él. Cuando me licencié en 1979, compré un maletín de cuero e hice grabar sus iniciales en la parte delantera. Fue la única vez que le he hecho un regalo a un profesor. —Te quiero —me dijo el día que me licencié. —¡Por Dios, Morrie —le contesté, avergonzado—, qué sensiblero eres! Él se rió y me dijo que algún día conseguiría que me abriera, quizá incluso que llorara.   De nuevo un alumno
  —Toma un bollo —repitió. —Vale, está bien, cogeré un bollo. Le di un mordisco y él sonrió, luego se llevó el tenedor a la boca con cuidado. Entonces sólo podía tomar alimentos blandos, pastel de verduras y un poco de sopa. Le costaba masticar. Tragar era aún más difícil. Tenía unos asistentes sanitarios que empujaban su silla de ruedas, lo sentaban en el retrete y lo volvían a levantar. Ya no podía bañarse solo y necesitaba ayuda para vestirse. —¿Sabes qué es lo que más me aterra? —susurró—. Cuando ya no pueda limpiarme el trasero yo mismo. No sé por qué, pero eso me preocupa de verdad. Suspiró. —Pero se acerca el momento. No tardará. Creo. ¿Embarazoso? Así era Morrie. No había secretos. Nada prohibido. Habían pasado dieciséis años desde la última vez que lo vi. Ahora él tenía setenta y ocho. Cuando su rostro apareció en el programa de Nightline «Esta noche, un profesor universitario nos enseña a morir», me quedé atónito. Corrí a hacerle una visita y me recibió en una silla de ruedas, con una manta sobre las rodillas a pesar del calor estival. Tenía el cabello más ralo y la piel más pálida de lo que yo recordaba, pero lo hubiera reconocido a un kilómetro de distancia. Hijo de unos inmigrantes rusos pobres, Morrie tenía la suerte de poseer una sonrisa en forma de media luna que le arrugaba los ojos y hacía que todo el mundo se sintiera como de la familia. —Ah, mi viejo amigo —dijo, y alzó las manos para abrazarme. Lo abracé y noté lo mucho que había adelgazado. Ya casi no le quedaba carne en los huesos. Su voz sonaba áspera. Después me enteré de que la enfermedad ya estaba bastante avanzada. La primera vez que Morrie tuvo la sensación de que algo iba mal fue en 1992, cuando empezó a no poder dormir. Después comenzó a tener dificultades para respirar –cosa que en un principio atribuyó a su asma– y luego lo pasaba muy mal si debía caminar un largo trecho. En una ocasión, en la fiesta de cumpleaños de un amigo, intentó bailar y tropezó. Otra vez subió un tramo de escaleras y se vio obligado a descansar para poder bajarlas. Los médicos insistían en que se trataba de un problema muscular. Le hicieron radiografías, le analizaron la médula ósea. Al final encontró un facultativo que sugirió que era un problema neurológico. Se le hicieron distintas pruebas y se llegó a un nuevo veredicto. —Esclerosis lateral amiotrófica —declaró el médico—. ELA. La enfermedad de Lou Gehrig. Morrie recordaba al jugador de béisbol de su juventud en Nueva York. También recordaba que había muerto. —¿Es mortal? —preguntó Morrie. Le dijeron que sí. —¿Se conoce alguna cura? No, no la hay. —Tenía dos formas de llegar a ese punto —rememoraba ahora—. Podía enojarme con el mundo, no querer tener nada que ver con él, decir: «¿Por qué yo?» O podía pensar: «Quizá esto me proporcione algo nuevo que compartir». Elegí la segunda opción. Lo que intento hacer es vivir el tiempo que me queda con toda la plenitud y profundidad posibles. El hecho de que me esté muriendo no significa que tenga que limitarme a recibir. También puedo dar. ¿Sabes? Un anciano sabio yogui dijo: «Todo el mundo sabe que va a morir, pero nadie se lo cree». Enarcó las cejas. —Bueno, pues ahora me lo creo. Sé que moriré. Sólo quiero decidir cómo. ¿Furioso? ¿Gritando y pataleando? ¿O tal vez con serenidad, cogiendo de la mano a mis seres queridos? No estoy seguro. Se llevó el pastel a la boca y masticó el blando revoltijo. Sonreí para mis adentros. En la universidad nos burlábamos a sus espaldas por lo descuidado que era al comer. Era tan entusiasta que hablaba antes de tragar. Todavía lo veo charlando con la boca llena de sándwich de ensalada de huevo mientras los fragmentos de huevo y saliva le salían disparados de la boca al hablar. Era un cochino adorable. Durante todo el tiempo que lo conocí tuve dos deseos irresistibles: abrazarlo y darle una servilleta. Y allí, en la cocina de sus últimos meses, no había cambiado nada. Y había cambiado todo. —Entonces, ¿volverás? —dijo cuando me dispuse a marcharme después de habernos pasado horas hablando. —Claro, todas las semanas —bromeé. —De cuerdo, todas las semanas —repuso en tono de eficiencia—. A ti te reservaré tiempo. Siempre fuiste uno de los buenos. Me marché, halagado y confuso. Pero regresé justo al cabo de una semana. Y todas las semanas a partir de entonces. Me había matriculado oficialmente.   Agosto   «La vida está en la gente» Al otro lado de la ventana de su despacho los pinos estaban cargados de hojas verdes. Era un mes de agosto húmedo. A lo lejos se oían las máquinas segadoras cortando el césped y el ruido de los niños que disfrutaban de sus vacaciones de verano. —Cierra la puerta, hace un poco de frío —dijo. Cerré la puerta. Pero no hacía frío. Morrie estaba en su despacho, en su sillón abatible especial, el cual, pulsando un botón, subía o bajaba para que sus asistentes pudieran levantarlo con más facilidad. La silla ya le resultaba difícil de soportar. Tenía las piernas inútiles y no podía levantar los brazos por encima de la cara. El coste de que cuidaran de él en casa era astronómico y el seguro sólo cubría una parte, por lo que la enfermedad no tan sólo le estaba robando el cuerpo, sino casi todos sus ahorros. Aun así, no estaba dispuesto a ir a un hospital. Y no quería que unas máquinas lo mantuvieran vivo. —Eso no es vida —dijo—. La vida está en la gente. Sonrió cuando entré –tal como lo hacía todas las semanas– y le rocé la cara con la mejilla. Oí su respiración, que era perceptiblemente fatigosa. —¿Todavía sigues las noticias? —comenté al ver el periódico debajo de sus gafas de leer. —Lo intento —respondió. —¿Por qué te molestas? Inmediatamente me di cuenta de lo mal que había sonado eso. —Bueno, es verdad, no voy a estar aquí mucho más tiempo. Por otro lado, aunque parezca extraño, ahora me siento más conectado con la gente que sufre en este mundo, la gente que tiene que abandonar su patria porque los persiguen, la gente que es asesinada. Cuando la muerte es real para ti, también lo es para los demás. ¿Había alguna noticia que lo hubiera afectado más que otras? —Bosnia. A veces, cuando miro la televisión y veo las fotos de esa pobre gente empiezo a llorar y no puedo parar. Morrie siempre había sido capaz de sentir el dolor de los demás, quizá porque él había sufrido mucho. Creció en Nueva York, en la parte trasera de una tienda de golosinas del Lower East Side. Su padre, que falleció después de que le robaran unos atracadores, trabajaba de peletero a tiempo parcial y apenas ganaba dinero suficiente para ir tirando. Su madre sólo sobrevivió hasta que Morrie tuvo 8 años. Estaba enferma y pasó gran parte de esos años descansando en la cama o en el sofá. Un día fue al hospital y ya no regresó. Llegó un telegrama a la tienda. Morrie tuvo que leérselo a su padre inmigrante. Mamá había muerto. Setenta años después, él todavía lloraba. —Por eso ahora estaría siempre abrazando o tocando —dijo durante una de nuestras visitas mientras las lágrimas brotaban de nuevo—. ¿Sabes lo que es no tener a tu madre cuando eres pequeño? Ahora lo compensaba con el amor de los adultos. Cuando la gente se enteró de que Morrie estaba enfermo acudieron a su casa como si fueran en peregrinación. Colegas. Antiguos alumnos. Viejos amigos. La esposa de Morrie, Charlotte, que tenía cuarenta y cuatro años, se maravillaba de la cantidad de citas que concertaba, una tras otra, alguien a las dos, alguien a las tres, alguien a las tres y media… Ella se preocupaba por su salud, por el hecho de que toda aquella compañía pudiera agotarlo, pero también sabía que era lo que él quería. Hablar. Aprender. Más que nada, compartir su experiencia. Una vez le pregunté qué quería que pusieran en su lápida. Lo pensó un momento. Entonces dijo: «Maestro hasta el fin». Me miró y me guiñó un ojo. —Es bueno, ¿eh? En momentos como aquél podías creer que seguiría adelante para siempre. Pero entonces tosía y luchaba por respirar y sabías que sólo era un sueño.   Septiembre

Se amplía el aula

—Antes de nada, Ted, antes de que hables conmigo, necesito saber unas cuantas cosas sobre ti. El visitante, Ted Koppel, quedó desconcertado. No estaba acostumbrado a que le pusieran condiciones antes de una entrevista. —¿Qué quieres saber? —preguntó Koppel. —Cuéntame algo desde el corazón —dijo Morrie. Koppel se quedó un momento pensando y al final le habló de sus hijos. Morrie lo observó y asintió lentamente con la cabeza. —Ahora cuéntame algo sobre tu fe. Koppel intentó librarse diciendo: —Normalmente necesito conocer un poco más a la gente antes de compartir este tipo de cosas. Morrie puso los ojos en blanco tras sus gafas bifocales. —Ted —le dijo—, a mí ya no me queda mucho tiempo. Koppel se rió y se sinceró con él. Esto sucedió durante su primer encuentro, a finales de la primavera de ese año. El programa Nightline se había enterado de la existencia de Morrie a través de un artículo del Boston Globe y Koppel voló hasta Boston para dedicarle todo el programa a él. Morrie, por supuesto, no llevaba maquillaje y ni siquiera se cambió de camisa. El programa tuvo un índice de audiencia enorme. Nightline regresó para hacer un seguimiento. Aquel programa también tuvo muy buena acogida. Morrie, que tenía un doctorado de la Universidad de Chicago, leyó algunas de sus reflexiones en ambos programas, tales como: *Habla abiertamente sobre tu enfermedad con quienquiera que quiera hablar contigo de ello. *Busca las respuestas a las preguntas eternas pero prepárate para no encontrarlas. Disfruta con la búsqueda. *Da gracias de que te hayan dado tiempo para aprender a morir.   También le dijo a Koppel. —Pronto alguien va a tener que limpiarme el culo —y entonces preguntó si se podía decir eso por televisión. Después del primer programa Koppel le estrechó la mano a Morrie. Después del segundo se inclinó sobre él y lo abrazó. —Estoy haciendo que pierda el control —se jactó Morrie. Koppel dijo que quería hacer un tercer programa, pero que no sabía cuándo. Eso fue antes del verano. Ahora, cuando empezaban a soplar las primeras brisas otoñales, en casa de los Schwartz la atmósfera era más sombría. Los asistentes se mordían el labio cuando se les preguntaba qué tal estaba Morrie. Nadie hablaba sobre la televisión. —Me parece que la gente de Nightline… —dijo Morrie con voz entrecortada por lo mucho que le costaba respirar— espera a que esté… a las puertas de la muerte. Es más… dramático. —¿Y eso no te enfurece? —le dije—. ¿No es como si te estuvieran utilizando? Morrie puso los ojos en blanco. —Si me están utilizando, yo los estoy utilizando a ellos. Estoy llegando a más gente de la que nunca enseñé jamás. Durante aquellas últimas semanas Morrie se había apagado de manera evidente. Ya nunca comíamos en la cocina. Su vida había quedado reducida a dos habitaciones, el estudio y el dormitorio. Hacía mucho tiempo que no salía de casa y, aunque entonces yo no lo sabía, ya nunca volvería a salir. En cambio, él observaba los pinos a través de la ventana, y el pequeño hibisco que crecía en el alféizar. Sus hojas rosadas le proporcionaban un asombroso placer, del mismo modo en que disfrutaba mucho escuchando música, sobre todo ópera. Le hacía llorar. Leía libros, y leía el correo, cartas de personas desconocidas deseándole que le fuera bien. Un día dijo que le quedaba un mes de vida y yo repliqué que estaba loco, ¿cómo lo sabía? Él se limitó a sonreír y a encogerse de hombros. Varias veces a la semana meditaba con un profesor y, siguiendo una sugerencia budista, pensaba en la muerte un poco cada día. —Finges tener un pajarillo posado en el hombro —dijo— y todas las mañanas le preguntas: «¿Podría ser hoy el día de mi muerte?»   No hay tiempo para abandonar Aunque todo esto suene horrible, Morrie no lo veía así. Él lo veía todo como «una gran aventura». Habíamos decidido que nuestras reuniones semanales eran demasiado valiosas para olvidarlas, de manera que empezamos a grabarlas para un posible libro. Fue idea de Morrie. —Nuestra última tesis juntos —dijo. Entonces su dieta ya era líquida en su mayor parte, bebidas con fibra y zumos, a veces un bollo de salvado remojado en leche. Había una máquina de oxígeno que odiaba pero que utilizaba para que le ayudara a respirar. Habían llevado una silla con orinal a la habitación (parecía estar terriblemente fuera de lugar entre los estantes de libros serios y papeles) y antes de que terminara el mes a Morrie tuvieron que insertarle una sonda porque le suponía demasiado esfuerzo ir al baño a orinar. Había una pequeña bolsa en la base de su silla que se iba llenando de líquido de desecho. —¿Te incomoda? —preguntó. —No —mentí. Morrie no quería que su enfermedad ofendiera a nadie. Nunca exigió que sus hijos –Rob, que vive en Tokio, y Jon, que vive en Brighton (Massachusetts)– dejaran lo que estuvieran haciendo y pasaran cada minuto con él. Nunca insistió en que Charlotte dejara de trabajar en el Instituto Tecnológico de Massachusetts. —¿Por qué tendrían que parar por mí? —dijo una vez—. Entonces esta enfermedad se llevaría cuatro vidas en lugar de una. Él, en cambio, hallaba consuelo en las ocasiones en las que podía reunirse con gente. E inventando aforismos sobre enfrentarse a una enfermedad mortal. —¿Quieres oír el último? —preguntó. Le dije que sí con la cabeza. —Cuando estás en la cama, estás muerto. Sonrió ampliamente. —Por eso estoy sentado en mi despacho. Una semana decidí que tenía que ver todo aquello por lo que estaba pasando Morrie pese a la aprensión que pudiera causarme. Le pregunté si podía ayudarlo cuando utilizara la silla con orinal. Lo levantamos entre el enfermero y yo, y le bajamos los holgados pantalones de chándal, que se desprendieron como la farfolla de una mazorca de maíz. Morrie tenía la piel blanca como la tiza, arrugada y flácida. Lo colocamos sobre el asiento. Le rugían las tripas y hacían un ruido que en otras circunstancias hubiera resultado incómodo. Pero Morrie ni se inmutó. —Vamos allá —susurró—. Como si fuera un bebé… ¿verdad? En efecto, físicamente, Morrie se estaba volviendo cada vez más niño a medida que se aproximaba el final. Había que darle de comer. Había que bañarlo. Y había perdido la batalla de limpiarse él mismo el trasero. —Al principio me enojé —había dicho al respecto—. Pero sabía que la furia no iba a llevarme a ninguna parte. De modo que, ¿sabes lo que hice? Decidí abrazar mi dependencia. Decidí disfrutar de que me cuidaran, de que me lavaran el pelo, de que me hicieran masajes en los pies e incluso de que me limpiaran el trasero. ¿Y sabes qué descubrí? Cuando somos niños nunca tenemos suficiente de todo eso. Lo llevamos dentro, el sentimiento de seguridad de que se encarguen de nosotros. Opté por deleitarme con ello. Aquel día, estando allí con mi viejo profesor, quien, sentado en el retrete, todavía lograba sonreír, me pregunté cómo podíamos cualquiera de nosotros quejarnos de nada.   Octubre  
Sin miedo   —¡Dale más fuerte! —dijo el terapeuta—. Golpéalo en la espalda. Morrie estaba acurrucado de lado, flojo como una marioneta. El terapeuta estaba enseñando a un nuevo auxiliar sanitario a aflojar la congestión en su pecho. Yo también lo intenté, golpeando y luego dejándolo respirar, golpeando y dejándolo respirar… —Tú… siempre quisiste… darme una paliza —dijo con voz ronca. —No creas –repuse. Nuestras visitas se habían hecho más cortas y en ocasiones no hacíamos otra cosa que sentarnos juntos. Morrie sólo podía hablar de manera entrecortada y durante tal vez una media hora antes de cansarse. Le estaban dando inyecciones de morfina y tosía con violencia. Le limpié la flema que escupió por la boca. La ELA va avanzando poco a poco por tu cuerpo, atrofia los músculos y finalmente gana cuando ataca el sistema respiratorio; te quita el aliento, literalmente. La maquinaria artificial puede prolongar la vida –el físico y escritor Stephen Hawking ha vivido paralizado durante 10 años–, pero sin ella la muerte es inevitable. Y los pulmones son la diana. —La otra noche… tuve un ataque de tos… —dijo Morrie en una ocasión—. Y pensé… que ya estaba… que podría ser… que muriera entonces. —¿Sentiste terror? —No… al principio tuve miedo… pero luego me concentré en el temor… y me separé de él… fue como si estuviera fuera de la experiencia… y me calmé. Morrie se había decidido con respecto a la muerte. Quería irse con serenidad. Sin patalear. Sin enfurecerse con la noche. Quería tener cerca a sus seres queridos y quería un tránsito tranquilo, sin horror para los supervivientes. Dijo que a medida que se iba acercando la muerte cada vez la temía menos, no más. ¿Y en lo concerniente a Dios, un concepto que él nunca había aceptado de todo? —Estoy teniendo… algunas dudas… —dijo con picardía—. Espero… obtener la respuesta… antes de irme. Durante aquellos meses habíamos discutido sobre gran cantidad de cosas: la sociedad («debemos considerarnos como parte de una gran comunidad o estamos todos condenados»), los funerales («¿qué sentido tiene que todo el mundo diga cosas buenas de ti cuando ya no estás? Yo quiero oírlas mientras todavía esté vivo.») e incluso la reencarnación («espero regresar en forma de gacela».) Aun así, a medida que iban pasando los días y él se iba debilitando cada vez más, yo sentía un terrible vacío. Koppel y Nightline acudieron para su último programa. Quizá fue el más emocionante de todos. Cuando terminó el rodaje, Koppel le dio un beso a Morrie. El último martes de octubre, el día de Halloween, entré en casa de Morrie. Su estudio estaba vacío. Estaba en la cama. Se habían cancelado todas sus citas. Yo fui el único visitante al que permitieron verlo. Hizo un gesto para señalar debajo de la manta, yo metí la mano y encontré la suya. La sostuve con fuerza y vi que su expresión se transformaba en la que adopta un niño en el silencioso momento antes de romper a llorar.   Noviembre   La última clase   Morrie murió hace ocho días. Se fue tal como él quería, con serenidad, mientras dormía. Sus familiares más cercanos se encontraban en la habitación y aunque el médico dijo «en cualquier momento», Morrie, inconsciente, aguantó un día entero, con el corazón palpitante, haciendo todo el trabajo que sus pulmones no podían hacer, hasta que al final sus seres queridos fueron a la cocina para descansar unos minutos. Entonces –y yo creo que lo hizo deliberadamente– se abandonó para que nadie tuviera que verlo morir. El funeral fue modesto, tal como deseaban Morrie y Charlotte. Soplaba un viento frío y el cielo estaba gris. Su tumba estaba situada en una pendiente cubierta de hierba por encima de un estanque. Recordé una conversación que habíamos mantenido el mes anterior. —¿Sabes? Cuando me haya ido espero que vengas a visitarme —había dicho. —¿A visitarte? —En mi tumba. He elegido un lugar precioso, un buen sitio para sentarse y hacerme preguntas. No sé cómo voy a responder, pero lo intentaré. Seguía enseñando. Increíble.   Hay un poema de W. H. Auden que a Morrie le gustaba llamado Funeral Blues. Incluye este pasaje:   Él era mi norte, mi sur, mi este y oeste Mi semana de trabajo y mi domingo de descanso Mi mediodía, mi medianoche, mis palabras, mi canción Pensé que el amor perduraría siempre; me equivoqué.   Es conmovedor pero, como dijo Morrie, no es cierto. Su mayor creencia era que el amor duraba siempre. No podía morir. Ésta era la lección que quería impartir. Que tu manera de vivir definirá cómo perezcas, y que lo único que dejas atrás es lo que has dado a los demás. Los miles de desconocidos que acudieron a conocer a Morrie Schwartz casi al término de su vida parecen haberse enriquecido con la experiencia, y los que lo querían se sirven de sus enseñanzas para paliar su dolor. Me imagino a Morrie ahora, tras haber emprendido su camino final, y no veo enfermedad, no veo un cuerpo atrofiado, ni una piel arrugada o unos huesos frágiles. Veo estrellas, lunas y planetas, y lo veo a él bailando en el cielo.   Reflexiones de Morrie Schwartz   *Acepta las incertidumbres, las contradicciones y las tensiones de los opuestos en tu vida. *Contempla la idea y el sentimiento de que la distancia entre la vida y la muerte puede que no sea tan grande como piensas. *Habla abiertamente sobre tu enfermedad con quienquiera que quiera hablar contigo de ello. *Resiste la tentación de pensar en ti mismo como en un inútil. Eso sólo servirá para sumirte en una depresión. Encuentra tu propia manera de ser y sentirte útil. *Cuando hayas llorado y te hayas lamentado por tus pérdidas físicas, valora las funciones y la vida que te quedan. *Ten cuidado con el creciente impulso de retirarte del mundo y resístelo. *Deja que la tristeza, el dolor, la desesperación, la depresión, la amargura, la ira, el resentimiento… todas esas emociones negativas que brotan en tu interior, penetren en ti. Quédate con ellas todo el tiempo que puedas o hasta que sigan su curso natural. Pero no les des muchas vueltas. Vuelve a implicarte en la vida lo antes posible. *Da gracias de que te hayan dado tiempo para aprender a morir. *Acepta y tolera tu pasividad y dependencia cuando sea necesario. Pero sé independiente y firme cuando puedas y debas serlo. *Si no logras grandes victorias o logros, agradece y celebra los pequeños. *Encuentra lo que para ti sea divino, santo o sagrado. Préstale atención, o adóralo, a tu manera. *Éste es el momento de dar un repaso a tu vida, de reparar daños, de identificar y desprenderse de pesares, de aceptar las relaciones no resueltas, de atar los cabos sueltos. *Aprende a vivir y sabrás cómo morir; aprende a morir y sabrás cómo vivir.

 

 

Tuesdays with Morrie



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